Año 2025 – 5, 1-10-2025
Un joven iba de camino a su casa en una noche intempestiva; llovía y hacía mucho viento. De camino decidió entrar en una iglesia, se sentó en un banco al fondo, cerca de la puerta. Empapado, escucho al pastor predicando y en un momento este dijo: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.” (Isaías 45:22). Con estas sencillas palabras fue convertido y siempre recordó que lo había sido, por medio de uno de los peores sermones que había escuchado en toda su vida. Él joven, era Spurgeon, más tarde conocido: “El príncipe de los predicadores”.
La iglesia es mucho más que un edificio, o un evento al que asistimos como espectadores pasivos. Reunirse para celebrar culto a Dios es de enorme importancia. Somos parte de la “congregación de los primogénitos”, de gran evento de adoración corporativa a alabanza a Dios (Hebreos 12: 22-24, 28-29). No solamente, un aspecto esencial de nuestro discipulado (Hebreos 10:25), sino también, un anticipo de la futura reunión de todo el pueblo redimido para dar alabanza al Cordero (Apocalipsis 5). Lo que hacemos como iglesia, es esencial para nuestro crecimiento en la piedad, y para presentar el evangelio a los inconversos.
El primer día de la semana
Lucas nos dice que la iglesia se reunía “el primer día de la semana” para el culto corporativo (20:7a). F.F. Bruce comenta: “La referencia a la reunión para partir el pan el “primer día de la semana” es el primer texto que tenemos del que se puede inferir con razonable certeza que los cristianos se reunían regularmente para el culto en ese día” El día había sido apartado por causa de la resurrección del Señor, y denominado como el “Día del Señor” (Apocalipsis 1:10; 1 Corintios 16:1-2). Todos los domingos, en cierto sentido, son Domingo de Pascua para los cristianos. Nos reunimos para recordar el hecho glorioso de que la tumba está vacía y el trono está ocupado, recordamos nuestra esperanza viva en nuestro Salvador vivo, y anhelamos su regreso.
El autor de los El libro de Hebreos nos exhorta a fin que no dejemos de reunirnos “como algunos tienen por costumbre” (Hebreos 10:25). He conocido a cristianos que se reúnen semanalmente y no están prosperando en su fe como debieran, pero todavía no he conocido a ningún cristiano que no se reúna y que sí lo esté.
ESCUCHANDO LA PALABRA DE DIOS
Lucas nos dice que Pablo habló a la iglesia de Troas hasta la medianoche (Hechos 20:7). En el v.11, y añade que Pablo “conversó” con la iglesia hasta el amanecer. La primera parte del sermón puede implicar más bien un diálogo, que quizá incluya algunas preguntas y respuestas, mientras que la segunda fue más bien un monólogo, aunque más libre y abierto que un sermón formal. Se trataba de un evento único, pero el hecho es que los santos querían escuchar la enseñanza apostólica (Hechos 2 v 42), y que Pablo se tomaba en serio esta responsabilidad.
Hoy en día todavía nos reunimos semanalmente para escuchar la predicación de la palabra de Dios (2 Timoteo 4:2; 1 Pedro 4:11). Pablo dio a Timoteo esta instrucción sobre la adoración corporativa “Hasta que yo venga, dedícate a la lectura pública de la Escritura, a la exhortación…” (1 Timoteo 4:13). Obsérvese el énfasis en la fuente de autoridad del predicador (“la Escritura”), de la exposición de la Escritura (“exhortación”/”enseñanza”), y la importancia de la predicación de la Escritura en el culto corporativo (“público”).
¿Por qué escuchar el sermón?
Porque si el predicador declara lo que Dios dice en su Palabra, y lo que Dios ha hecho en su Hijo, entonces el predicador habla con autoridad, y poder. Su competencia no proviene de su edad, experiencia, o formación académica, sino del hecho de que enseña la Biblia. El poder del mensaje no emana de la habilidad, o su carisma, sino del Espíritu que aplica la palabra al corazón de los oyentes, a través de la “palabra viva e inmutable de Dios” (1 Pedro 1:23).
En el Cuadro de Lucas Cranach, del reformador alemán Martín Lutero predicando. Muestra a Lutero con un dedo sobre el texto de su Biblia y otro señalando a Cristo. Es una buena imagen de lo que debería ocurrir cuando nos reunimos. El objetivo del predicador no es exponer sus ideas y opiniones, sino explicar cuidadosamente el significado del texto bíblico y exaltar a Jesús en su mensaje, a fin que: “Todos los ojos están sobre Jesús”.