Año 2025 – 9, 8-12-2025
El Catecismo Menor de Westminster, en su primera pregunta, nos invita a reflexionar acerca de esta cuestión existencial: ¿Cuál es el fin principal del hombre? La respuesta: El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Su gloria y nuestro gozo de Él, son la finalidad para el cual hemos sido creados. Es la única actividad que puede satisfacernos plenamente, y llenar nuestro profundo vacío. El Salmista lo expresa así: “No a nosotros, oh Yahweh, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria” (Salmo 115:1)
La gloria de Dios y nuestra autorrealización
Este “Non nobis, Domine” (No a nosotros, oh Señor) fue uno de los más importantes slogans de la Reforma Protestante. La Iglesia de Cristo y los creyentes que la componen, deben estar constantemente buscando este fin, pues nuestra vocación, el honor y la gloria de Dios están en juego. “Soli Deo gloria” se convirtió, no solo en un principio de incuestionable y enorme valor para la Iglesia, sino también para la vida del creyente en todas sus facetas y actividades cotidianas; en el trabajo, estudio, familia, ocio, en todo momento, nuestras vidas deberían glorificar a Dios. Johann Sebastián Bach (1685-1750) representó la tradición protestante a este respecto muy bien, cuando compuso “S.D.G”, Soli Deo Gloria, o cuando escribió, “Los conciertos de Brandemburgo”, o la “Pasión de San Mateo”. Así como J. S. Bach, nosotros mismos deberíamos perseguir en todos nuestros quehaceres, la excelencia, a fin de que Dios sea glorificado por medio de aquello que hacemos. En palabras del apóstol Pablo: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1 Co 10:31)
Somos lo que hacemos
Vivir como cristianos, no sólo viene determinado por lo que hacemos, sino también por a quién buscamos agradar con ello. Pablo dice: «Vivid como hijos de la luz… y descubrid lo que agrada a Dios» (Efesios 5:8c, 10). Con estas breves palabras, se nos recuerda que vivir de forma coherentemente con nuestra fe, es una cuestión que tiene que ver mayormente con la motivación de nuestro corazón y nuestros caminar diario. No sólo debemos hacer lo que Dios demanda, sino que debemos hacerlo por el deseo de complacerle. Debemos deleitarnos en su deleite. No en un mero cumplimiento externo de la ley lo que Dios exige, pues aquellos que hacen lo que Dios dice, pero con un corazón resentido y a regañadientes, ni le glorifican, ni se gozan haciéndolo. El corazón renovado por el Espíritu desea agradar a Dios en todo lo que hace, está ansioso por descubrir lo que Él desea y está motivado por el deseo de complacerle. Encuentra el sentido y propósito de su vida en glorificar a Dios y gozar de ÉL.
Es el asombroso plan de salvación, que deja al apóstol Pablo maravillado y perplejo: la expiación, la justificación, la fe, la gracia, la predestinación y la obra del Espíritu Santo, hacen que estalle en adoración: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro 11:32-36) Fueron estos mismos versos los que inspiraron a Martín Lutero, en la búsqueda de restaurar la gloria de Dios en su Iglesia y deberían movernos a nosotros a hacer su causa, la nuestra; la búsqueda de la gloria de Dios como propósito último de nuestras vidas, gozando de él, y con él, en todo momento.