Año 2026 – 8, 24-4-2026
¿Qué significa vivir lleno del Espíritu? (Efesios. 5:18-21)
El verbo «llenar» es muy significativo en el libro de Efesios. La iglesia es el cuerpo de Cristo, «la plenitud de aquel que lo llena todo en todo» (Efesios 1:23). Pablo oró para que los efesios conocieran todas las dimensiones del amor de Cristo, a fin de que «sean llenos de toda la plenitud de Dios» (Efesios 3:19). En el capítulo cuarto aprendemos que Cristo «ascendió por encima de todos los cielos, para llenar todo el universo» (Ef. 4:10) y dio dones a la iglesia para que pudiéramos «alcanzar la madurez, llegando a la medida de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13). Nuestra fe, por lo tanto, no se basa en lo que hacemos (por importante que sea), ni en lo que pensamos (por importante que sea). Nuestra fe se fortalece fundamentalmente al comprender quiénes somos en Cristo, cuyo Espíritu mora en nosotros.
Vaciarse del mundo (5:18. a)
El mundo, los deseos de la carne y su vanagloria nos embriaga. Y esa esta afirmación abarca mucho más que uso excesivo del fruto de la vid: «No os embriaguéis con vino». Este mandato es una sinécdoque (una parte por el todo), que se refiere a vaciar nuestras vidas del exceso de vino, en contraste la llenura del Espíritu, y evitar su influencia perniciosa. Todos conocemos el verbo embriagar, e igual que un perfume puede ser embriagador, lo es el vino, otras sustancias, cosas, personas o ideologías, que nublan nuestro buen entendimiento y nos conducen a una vida imprudente y vana, que oscurecerá y suplantará la vida misma genuina de Cristo en nosotros.
Llenos del Espíritu (5:18b-21)
¿Qué significa estar lleno del Espíritu? Cuatro conjuntos de participios en el texto griego describen entonces las actividades características de aquellos que están llenos del Espíritu:
Hablar y cantar (5:19). Pablo nos exhorta a hablarnos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales (Efesios 5:19 a). La instrucción primero respalda, reuniendo nuestras expresiones de adoración de numerosas fuentes: los salmos del Antiguo Testamento; los himnos (cánticos del Nuevo Testamento); y los cánticos espirituales. Pero estas expresiones de adoración no son simplemente individuales. La expresión musical de la iglesia implica «hablar unos a otros». Al alabar, debemos dirigir conscientemente nuestra adoración a la edificación de los demás. «Cantad y alabad al Señor en vuestro corazón» (Efesios 5:19b). Cantamos al Señor, y le honramos con nuestra adoración. Él es la audiencia y el objeto de nuestra alabanza y, por lo tanto, estamos llenos de su Espíritu en nuestra adoración.
Dar gracias (Efesios 5:20). El apóstol dice que debemos «dar siempre gracias a Dios Padre por todo» (Efesios 5:20). Hacer esto es completamente antinatural para nosotros. EL contexto de nuestra alabanza debe ser amplio: «siempre» y «por todo». Debe ser «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Efesios 5:20b). Estamos llenos del Espíritu cuando alabamos a Dios por todo lo que nos santifica y magnifica el nombre de nuestro Salvador, a pesar de ser difícil y doloroso para nosotros.
Someterse (Efesios 5:21) Al ministrar en su nombre, sometiéndonos unos a otros, no para ganar nada, ni impresionar a nadie, sino por reverencia a Cristo, es entonces nos llenamos de su Espíritu. Lo hacemos en el matrimonio, el hogar, el trabajo, o la iglesia. Así, con este verbo, «unos a otros» designa la responsabilidad de cada miembro de someterse a aquellos con la autoridad que les ha sido delegada por el Señor (1 Corintios. 16:16; 1 Pedro 5:5). Someterse a las circunstancias confiando en Dios: Un padre dijo a su hijo que dejaba el hogar por primera vez: “¿Estás asustado, hijo? No sé si las cosas te irán bien o mal. No sé si tendrás éxito o fracasarás. Pero quiero que recuerdes siempre que eres mi hijo, y nada cambiará eso jamás. Pase lo que pase, te querré y siempre habrá un lugar para ti en mi casa”. Esas palabras no eliminaron todos los retos de la universidad, y todos mis temores, pero las palabras de mi padre fueron un faro de luz y esperanza a lo largo de todo ese tiempo. Me dieron fuerzas, al recordarme que era parte de su corazón y tenía un hogar al que siempre pertenecería. Esto se convirtió en un testimonio del cuidado de Cristo por mí.