La búsqueda de los placeres

Año 2026 – 14, 18-08-2026

¿Es posible encontrar el sentido de la vida en los placeres? Eclesiastés 2:1-11.

«La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» es una frase fundamental de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776. ¿Es posible hallar el sentido de la vida y la felicidad en los placeres? Si estudiamos el ocaso de cada uno de los grandes imperios, comprobamos este principio. La caída de los imperios viene siempre precedida por un afán desmedido de sensualidad. En su experiencia personal, Salomón experimentó esta verdad. No como monarca, pues él no vivió en los postreros días de la monarquía de Judá, sino en sus primeros albores. La suya fue una vivencia a nivel personal, más que como rey.

¿Qué hay de malo en probar la alegría y gozar de bienes? ¿Qué hay de censurable en la risa y el placer? No se trata, en principio al menos, de placeres pecaminosos, sino simplemente de cosas que producen satisfacción y alegría. Al igual que en la búsqueda de la sabiduría, la búsqueda de la alegría no es mala en sí misma. La tragedia y la insatisfacción surgen cuanto tales anhelos se convierten en el bien supremo y un fin en sí mismo.

El testimonio de alguien que lo ha tenido todo

“Propuse en mi corazón agasajar mi carne…” (v.3) e convirtió en un sibarita, obsequiando los sentidos, sin olvidar que el corazón anduviese en sabiduría y lejos de la necedad (v.3), quiere descubrir “cual fuese el bien de los hijos de los hombres” en el cual se ocupan debajo del cielo. ¿Qué cosas probó nuestro protagonista?:

“Propuse agasajar mi carne con vino…” Se convirtió en un “connoissseur”. No un borracho descontrolado, sino como un “gourmet”.  A la manera epicúrea: apurándola copa lentamente, sorbo a sorbo, hasta el máximo, pero con inteligencia. “Y que anduviese mi corazón en sabiduría”, controlando el proceso con sumo cuidado y sin descontrolar, “reteniendo la necedad” (v.3) Sin caer bajo ni tocar fondo; sin abandonarse a las orgías, bacanales y a los excesos; con lucidez en todo momento. La necedad es locura, porque implica la pérdida de control. Nuestro protagonista experimenta, todo en una dosis aceptable.

“Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto” (vv. 4,5). Pasó trece años construyendo “la casa del rey” (1 R 9:10), “la casa del bosque del Líbano” (1 R. 10:17) y otra casa para su mujer, la hija del Faraón. Construyó también las ciudades de Hazor, Meguido, Gezer, Bet-horón, Baalat, y Tadmor en el desierto. Se dedicó también a la horticultura, a la jardinería y la crianza (2:5-6). Al hacerlo así cumplió el mandato cultural original dado al hombre en el huerto del Edén: tenía que cultivarlo, trabajarlo y guardarlo. “Compré siervos y siervas…” (v.7) Compró esclavos y luego le nacieron en casa. El tráfico de esclavos considera a hombres y mujeres como mercancía; como medios y objetos (Am. 1:6,9) “Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y provincias…” (v.8), “Cantores y cantoras” (v.9), “Deleites de los hijos de los hombres” (v.8), “Concubinas”, traducen algunos, quizás una alusión al Harén. El sensualismo de Salomón era bien conocido.

¿Cuál fue la conclusión de todo ello cuando llegó al fin de su vida?

Salomón no negó nada a su capricho (v.10). El experimento fue completo; se pasó incluso de largo. Lo probó todo y finalmente fue engullido en el torbellino de una vida de vicio. Gozó mientras buscaba, mientras investigaba, mientras luchaba por descubrir el sentido de la existencia. Pero cuando consideró todo lo que había sacado de aquel esfuerzo en el que dejó su vida misma, tuvo que exclamar: Vanidad: “Y he aquí que todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (v.11). Esta fue la experiencia de un rey que lo tenía todo y disponía de todo a su antojo, de vidas y haciendas. Si así termino él ¿cómo crees que terminarás tu? Si esta fue la experiencia de un gran monarca ¿Cuál crees que será la tuya si sigues ese mismo camino? El camino del placer es insaciable, incontrolable y corruptor. Insaciable, porque nunca sacia plenamente. Incontrolable, porque siempre quiere más y no tiene límite. Corruptor, corrompe y degenera. Pero ¿Valió la pena? El v. 12 muestra su escepticismo radical. No hay esperanza de que, por medio del placer o la sabiduría, superemos al rey y tengamos más éxito que él. El sentido de la vida tiene que estar en otra parte. ¡No había provecho alguno en ello! Ninguna de estas cosas le había proporcionado satisfacción plena, ni gozo duradero.

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