¿Para qué vino Jesús?

Crib

Año 2026 – 2, 3-2-2026

El juicio amañado, la tortura, la cruz y la muerte del justo Jesús de Nazaret son el acontecimiento más espeluznante y asombroso que jamás haya tenido lugar. Aquel por medio del cual el mundo fue hecho, vino al mundo, pero el mundo no le conoció. Hizo morada entre los hombres; nació, vivió y murió entre ellos. En su ceguera ellos, no pudieron contemplar su belleza, ni le desearon. En su nacimiento no hubo lugar para él en su aldea. Herodes le quiso sacrificar, y toda aquella enemistad fue creciendo y apuntando hacia una cruz, como clímax de la fijación y odio hacia su persona. Una y otra vez, sus enemigos buscaron y anhelaron su destrucción. Hasta que sus deseos homicidas encontraron satisfacción. Los que le juzgaron y se burlaron de él, no hallaron en él culpa alguna, y a pesar de ello, le condenaron junto con la multitud: ¡Crucifícale!

El Salvador clavado al madero. Levantado, en silencio. Sus pálidos labios se mueven: ¿está pidiendo misericordia? ¿entonces qué hace? ¿está maldiciéndolos?, no… Está orando, intercediendo por sus enemigos: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Lucas 23:34

La respuesta a esta oración la vemos claramente en la conversión de las tres mil almas en el día de Pentecostés. Si leemos Hechos 3:17, notamos que el apóstol dice: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes.” Pablo usa la palabra “ignorancia”, lo cual corresponde con lo dicho por el Señor “…no saben lo que hacen.”. No fue la elocuencia la que los convenció, sino la oración del Señor. Lo mismo sucedió con nosotros. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” Juan 17:20.

Una palabra de salvación

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:42-43)

Desde la eternidad, Dios Padre, había decretado, cuando, dónde y con quién, su Hijo moriría. Nada fue dejado al azar, o al capricho del hombre. Todo lo que Dios había decidido hacer vino a suceder exactamente como Él lo había ordenado, y nada sucedió a menos que Él lo hubiese planeado desde la eternidad. Cualquier cosa que el hombre hizo fue simplemente según la mano y consejo de Dios: “…para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.” (Hch.4:28)

Cuando Pilato dio órdenes para que el Señor Jesús fuese crucificado en medio dos malhechores, sin saberlo, estaba ejecutando el decreto eterno de Dios y cumpliendo Su palabra profética. Setecientos años antes de que este gobernador romano diese la orden, Dios ya había declarado por medio de Isaías que su Hijo: “…fue contado con los pecadores”. (Isaías 53:12)

Los dos malhechores a su lado

Los dos fueron crucificados al mismo tiempo y estaban a igual distancia de Jesús. Ambos le vieron y oyeron durante aquellas seis horas fatales. Ambos eran culpables y sufrían a causa de su pecado, ambos estaban a las puertas de la muerte y ambos necesitaban desesperadamente el perdón. Aun así, uno de ellos murió en sus pecados, murió como había vivido – endurecido e impenitente; mientras que el otro se arrepintió de su maldad y creyó en Cristo, rogando misericordia y fue al paraíso. ¿Cómo podemos entender esto sino por medio de la soberanía de Dios? ¿Cómo podemos explicar el hecho de que este ladrón moribundo tomara a un hombre sufriente, sangrante y crucificado por su Dios? No puede explicarse sin la intervención divina y una obra sobrenatural. Su fe en Cristo fue un milagro de la gracia. Es igualmente remarcable que la conversión del ladrón tuvo lugar antes de que tuviesen lugar los fenómenos sobrenaturales de aquel día. El rogó “…acuérdate de mí…” antes de las tres horas de tinieblas, antes del grito triunfante “consumado es”, antes de que velo del templo se rasgase en dos, antes de la tierra temblase y antes de la confesión del centurión: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”. Dios deliberadamente preparó todo ello para enseñarnos que “la salvación es del Señor” y no magnificar lo que el hombre pueda hacer en detrimento de la obra divina, para enseñarnos que cada conversión genuina es el producto directo de la obra sobrenatural del Espíritu Santo.

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