Año 2025 – 2, 4-8-2025
Texto: Evangelio de Lucas 9:57-62.
La palabra clave en estos tres encuentros es “seguir”. Dos de estos hombres profesaron su deseo de seguir a Cristo (Lucas 9:57,61), mientras que Jesús mismo invita a el otro: “Sígueme” (v.59) ¿Qué significa seguir a Cristo? Significa convertirse en su discípulo o, convertirse en cristiano. El cristiano es el que sigue a Cristo. Se ha convertido de los ídolos a Cristo, lo ha recibido como Señor y Salvador. Ningún cristiano es un perfecto seguidor de Cristo, pero todo cristiano es un seguidor. La Biblia no conoce a ningún seguidor que no lo sea. Y no nos olvidemos, no lo hace en solitario, sino con los demás discípulos: la Iglesia.
- Los peligros de la comodidad personal.
El primer hombre nos presenta el peligro de buscar la comodidad personal. Mientras Jesús iba de camino, este hombre se le acercó y le dijo: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas” (Lucas 9:57). Nos parece sincero, y habríamos esperado que Jesús le diera la bienvenida a bordo. Pero Jesús no lo hizo, pues podía leer los pensamientos de los hombres (Juan 2:23-25; 4:16-19). Este hombre no había calculado el costo del discipulado, y a la primera señal de penuria y dificultad abandonaría el barco. Así que Jesús le contestó: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lucas 9:58). Las palabras de Jesús sobre las dificultades bastaron para que desapareciera tan rápido como apareció.
- El peligro de la dilación: “ahora no, mañana”
El segundo hombre nos presenta el peligro de la dilación (Lucas 9:59-60). Tal vez cuando el primer hombre se retiraba precipitadamente, Jesús se volvió hacia él y le dijo: “Sígueme”. Puede que Jesús utilizara el fracaso del primer hombre para desafiar a éste y decirle, en efecto: “¿Y tú? ¿Estás dispuesto a seguirme? Es muy posible que el hombre se sintiera desconcertado. No quería seguir a Jesús, pero sabía que tenía que tener una excusa aparentemente incontestable. Por fin la tenía. “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre” (v. 59). Los judíos consideraban el entierro apropiado de un padre como el más importante de todos los deberes. Pero, ¡espera! Algo no está bien aquí ¿Por qué no lo estaba haciendo? ¿Por qué estaba aquí, al borde del camino, para ver a Jesús? La respuesta es que el padre del hombre aún no había muerto, y estaba pidiendo a Jesús que pospusiera petición hasta que su padre muriera y fuera enterrado. Era una petición de aplazamiento indefinido.
Sus palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” Tenía ante sí un asunto mucho más apremiante y vital: su propia vida espiritual. Los que están espiritualmente muertos pueden dedicarse a atender los asuntos de la vida. Pero los que tienen vida espiritual lo demuestran poniendo a Cristo por encima de todo. Muchos, cuando son confrontados con el mensaje de salvación, toman las palabras de este hombre insensato: “Señor, déjame primero…”
- El peligro de un corazón dividido.
El tercer hombre se nos presenta con un corazón dividido (vv. 61-62). Se declaró igualmente dispuesto a seguir a Jesús, pero rápidamente añadió una condición. Debía ir a despedirse de su familia. Una parte de él quería seguir al Señor, mientras que otra quería quedarse en casa. Muchos sufren de ese mismo mal. Quieren que sus pecados sean perdonados y seguir a Cristo, pero también quieren aferrarse a la vida de pecado.
La salvación de nuestras almas es de una importancia tan sobrecogedora y vital que seguir a Jesús debe ser nuestra única prioridad. Todo obstáculo que pretenda posponer ese seguimiento debe ser desechado. Debemos entregarnos al Señor Jesús confiar y seguirle a Él. No hay nada es más importante, ni más trascendental. En ello, nos va la vida.