¿Quién es Jesús?

Bibbia hebraica

Año 2026 – 1, 3-2-2026

Marcos nos revela su identidad: es el Hijo de Dios (Mr. 1,1). Pero en el mundo romano denominarse “hijo de Dios” podía significar una variedad de cosas – ¡después de todo, el propio César era considerado divino! Era esencial explicar con precisión que se quería decir con esto.

Cuando Jesús perdonó los pecados del paralítico que fue bajado por el techo, parecía que estaba reclamando una identidad divina, pues solo Dios podía perdonar pecados. Sin embargo, el mismo Jesús, comió y bebió con recaudadores de impuestos y “pecadores” lo cual era extraño. Pronto los discípulos se preguntaron por la verdadera identidad de Jesús, cuando calmó la tormenta en el mar de Galilea: “¿Quién es éste? Que hasta el viento y las olas le obedecen” (Marcos 4:41). Y más adelante en el Evangelio, vemos que el rey Herodes y mucha gente también se hacían la misma pregunta (Marcos 6:14-16).

¿Quién dicen los hombres que es?

Jesús preguntó a sus discípulos qué decían los demás de él (v. 27). Algunos, que era Juan el Bautista, o Elías, y otros aparentemente enumeraban una variedad de profetas del Antiguo Testamento, incluyendo a Jeremías (Mateo 16:14). ¿Qué significado tiene esto? Dios había prometido que un día daría al pueblo un profeta como Moisés (Dt.18,17). ¿Quizás era el Elegido? Además, Dios había prometido: “Os enviaré al profeta Elías, antes de que llegue el día grande y mortífero del Señor” (Mal. 4:5). ¿Podría ser que Jesús fuera el largamente prometido Elías que regresaba? ¿O era él, como había pensado el rey de Herodes, Juan el Bautista vuelto de entre los muertos (Marcos 6:16).

¿Quién decís vosotros que soy?

Una cosa era que los discípulos registraran las opiniones de los demás, pero, ¿qué pasa con sus propias convicciones?, Jesús los confronta: ¿Quién creían que era Jesús? Hablando aparentemente en nombre de todo el grupo de discípulos, Pedro respondió que Jesús no era simplemente otro profeta; era el profeta final, el Cristo prometido. Era el Hijo del Dios vivo. No debemos diluir la fuerza total de estas palabras. Salen de los labios de un judío ortodoxo. A Pedro y a los demás se les había enseñado el Antiguo Testamento desde su infancia. Conocían el significado de recitar el gran credo de Israel “El Señor nuestro Dios, el Señor es uno” (Dt. 6:4).

Así que su confesión de que Jesús es el Hijo de Dios fue una revelación de proporciones monumentales. Estaba diciendo algo revolucionario, no sólo sobre Jesús como Hijo de Dios, sino sobre la naturaleza de Dios mismo. Lejos de ser una confesión fácil, el tipo de cosa que podríamos esperar de un pescador palestino inculto del siglo I, fue todo lo contrario. Era la última cosa en el mundo para la que Pedro habría sido “programado” por haber nacido en su cultura hebrea.

 UNA ADVERTENCIA

Jesús cierra esta sección con una advertencia. Sus discípulos no deben decir a nadie lo que han oído y visto (v.30). ¿Por qué? ¿No debería ser la confesión de Pedro la plataforma de lanzamiento de una nueva iniciativa evangelizadora? ¿No debían ir ahora por toda la tierra y finalmente a Jerusalén proclamando abiertamente que el Hijo de Dios había venido?

Jesús sabía que la gente no entendería ese mensaje. Es más, sabía que sus discípulos no entendían realmente el significado de ese mensaje, todavía. Ciertamente, Pedro había visto que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Había visto, por fin, la respuesta a la pregunta sobre la identidad de Jesús. Lo que aún no comprendían era la naturaleza del ministerio de Jesús. En los próximos días, Jesús se lo revelaría pacientemente. Pero todavía, la visión espiritual de Pedro estaba sólo parcialmente restaurada. Al igual que el ciego de Betsaida, necesitaba un segundo toque de Jesús para poder ver del todo bien. El primer toque le había permitido ver la identidad de Jesús. El segundo le ayudaría a ver “todo con claridad” (Marcos 8:25).

La pregunta del millón es: ¿Quién dice usted que es Jesús? ¿Puede verlo con claridad? Créame, en ello le va la vida.

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